viernes, 23 de marzo de 2007

No soy el único boquiabierto, ojiplático y cariacontecido

El pasado mes mi cara fue un auténtico poema de verso alejandrino al enterarme de las retribuciones de la alta dirección. Obviamente, son altas, pero lo son tanto que entonces me parecieron, y ahora me siguen pareciendo, indecentes. ¡Qué alivio al ver el otro día en Financial Times que no soy el único! El diario británico dice: Trichet calls for executive pay restraint (Trichet pide restricciones en la retribución de la alta dirección).

Aunque de nuevo estoy cayendo en un juicio valorativo, creo que actitudes como ésta son muy positivas para los trabajadores, el mercado laboral y la economía. El hecho de que el presidente de la máxima autoridad económica europea recomiende mayor control sobre las retribuciones astronómicas de los ejecutivos es justo lo que la sociedad necesita. En mi anterior artículo, apuntaba la dificultad de establecer un techo a los salarios de los CEO´s. Si un país lo impone corre el riesgo de que los altos directivos y sus empresas se asienten en otros lugares, donde se les permita obtener ingentes e indecentes cantidades de dinero al mes. Por tanto, se hacen necesarias normas globales y transnacionales que eviten el éxodo y garanticen una mayor igualdad laboral.

Es posible que todo esto quede en agua de borrajas. No es fácil hacer frente a los gigantes empresariales desde organismos públicos de una economía liberal. Con todo, La patronal bancaria ya ha salido al paso. Hoy, El Economista se hace eco de las declaraciones del presidente de la Asociación Española de Banca (AEB), Miguel Martín, al señalar que “todo lo que dice Trichet tiene sentido - dice con mesura - pero que en el tema de las remuneraciones de los consejeros lo que se debe hacer es aplicar los principios del denominado Código Conthe, que es la base de cómo tiene que comportarse una empresa. Una política de retribuciones clara y probada por las juntas de accionistas”. Probada que no aprobada añadiría yo.

El presidente de la AEB se atiene a una ley de buen gobierno más centrada en la transparencia que en la decencia. Su tesis se resume en que todo el mundo puede saber que los sueldos son altos y millonarios, pero que sigan creciendo.

No abogo por un sistema laboral ideal y perfectamente igualitario donde limpiadores y presidentes posean el mismo sueldo. La toma de decisiones es trascendental en una empresa. La responsabilidad de la alta dirección orienta el rumbo de la compañía y determina la entrada o salida de capitales y beneficios. Esto ha de ser sin duda remunerado. Sin embargo, también creo en la fuerza y voluntad de trabajo de los miles de personas que cumplen las labores más sencillas, y en el riesgo que corren de verse en la calle en cualquier momento como resultado de una mala gestión de la alta dirección.

Los sueldos millonarios pueden solucionar, acomodar y abrillantar la vida de un ejecutivo, la de su ascendencia y, por supuesto, la de su descendencia. Si alguien me rebate esto, que me envíe un mail y se lo explico. 10 millones de euros al año dan un amplio margen. Sin embargo, una mala decisión de un directivo puede dejar en la calle a su suerte a decenas de personas que no ha ganado ni mil euros al mes, con hijos que alimentar y una hipoteca o alquiler por pagar. Por ello creo que no es descabellado abogar por una mayor equidad salarial.

Parece que Trichet ya se ha dado cuenta en Europa. El mes pasado el gobierno estadounidense también alzaba la voz contra los sueldos millonarios. ¿Se está abriendo camino a una ley global de igualdad?

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